¡Qué pregunta!

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Nuestra respuesta acerca de la identidad de Jesús revela mucho acerca de nuestro corazón y del lugar que él ocupa.
Versículo: Mateo 16:13-28 Leer versículo

Seguro usted esta familiarizado con el evento en el cual Cristo decide confirmar a sus discípulos su identidad como el Hijo de Dios. Inicia este proceso con una pregunta inocente acerca de lo que la gente dice de él, una pregunta que pudiera expresar simplemente una curiosidad.
Frente a la respuesta de ellos, sin embargo, Jesús les interroga por segunda vez, pero en un plano muy personal y comprometedor:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
La pregunta invita a los discípulos a que miren a Cristo a los ojos y le digan quien es él para ellos.

Es bueno que nos detengamos por un instante para tomar conciencia del peso de esta pregunta. Ella posee un elemento de intimidad que desanima a la respuesta teológica, la clase de declaración despersonalizada que podríamos dar si estuviéramos describiendo a un tercero. La pregunta invita a los discípulos a que miren a Cristo a los ojos y le digan quien es él para ellos. La respuesta que den revelará mucho acerca de la relación que sostienen con el Mesías y el lugar que él ocupa en sus vidas. Es una respuesta que no se puede dar con liviandad ni con ligereza.
¿Si usted hubiera estado presente, qué clase de respuesta le hubiera dado al Señor? Imagine por un instante que usted está parado frente a él y lo mira a los ojos, para confesarle quién considera que es él. ¿Usaría las mismas frases que tantas veces repetimos en nuestras reuniones acerca de Cristo? ¿Se sentiría un poco avergonzado porque su respuesta habla de un Jesús a quién usted no conoce con la intimidad que desearía? El hecho es que nuestra respuesta revela mucho acerca de nuestro corazón y del lugar que él ocupa en nuestra vida. Es muy posible que existan contradicciones entre la respuesta automática, a la que estamos acostumbrados, y esta otra declaración, íntima, honesta y comprometida que habla de algunas de las incongruencias de nuestra vida espiritual.

Pedro se tomó la atribución de responder por el grupo. Dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Nos resulta difícil percibir el peso que para un judío del primer siglo tenía confesarle a alguien que era el Mesías, el enviado de Dios. Significaba reconocer que la persona era la encarnación de todas las profecías y los sueños que señalaban la llegada de tan mítica figura. Un israelita no pronunciaría tal declaración con liviandad ni ligereza. Señalaba la existencia de una relación innegable entre el Jesús presente y el Dios histórico y eterno del pueblo escogido. Era una declaración que poseía implicaciones dramáticas, no solamente para la vida de los Doce sino también para Israel y las naciones de la tierra. Jesús le respondió: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

Medite en esta declaración por un instante.
– ¿En que consistía la bendición a la cual había accedido Pedro con esta revelación?
– ¿En su opinión, por qué era necesario que Jesús le explicara a Pedro el origen de su confesión de fe?

Producido y editado por Desarrollo Cristiano Internacional para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

Christopher Shaw

 

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