«¿Quién dice la gente que soy Yo?»

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«Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

No deja de asombrar el estilo didáctico que empleaba Jesús con sus discípulos, algo que hemos resaltado en varias ocasiones en esta serie de reflexiones. El pasaje sobre el cual meditaremos en estos días comienza con una curiosa pregunta para los discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Señalo que la pregunta es curiosa porque se presenta en contraste con los métodos de enseñanza que predominan en nuestro medio.La identidad de Jesús parece tan obvia y fácil de discernir que nos resulta difícil entender por qué no lo captaban estas personas.¿Acaso no hubiera sido más fácil simplemente llamar a los discípulos y decirles: «Tengo algo importante que anunciarles: yo soy el Cristo, el Hijo del Altísimo»? Jesús, sin embargo, optó por despertar en ellos los procesos de reflexión personal, los cuales son elementales para toda experiencia de aprendizaje. Siempre es más sabio que un alumno descubra por sí mismo una verdad, con la sabia dirección del maestro, que sencillamente enunciar esa verdad sin la participación del alumno. Lo que descubrimos por nosotros mismos usualmente queda grabado en nuestra memoria, pero lo que otros nos dicen rápidamente se olvida.

Utilizando de este principio, entonces, Jesús los lleva a meditar sobre Su propia identidad. El proceso comienza con una oportunidad de resumir las opiniones de las multitudes con las que se habían encontrado a diario. La respuesta de los discípulos unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas revela al menos dos realidades. En primer lugar, no cabe duda de que los observadores cercanos del ministerio del Señor lo tenían en alta estima. Es notable que ninguna de las respuestas sugiere que es un lunático o un fanático religioso. Todas los personajes con quienes la gente lo asociaba eran figuras de un peso incalculable en la historia del pueblo de Israel, lo que revela claramente la autoridad y el impacto con que se movía Jesús. En segundo lugar, no podemos dejar de observar que existía una gran confusión en cuanto a Su identidad. Aunque todos coincidían en que, indudablemente, era un gran hombre de Dios, no podían arribar a un consenso acerca de su verdadera identidad.

Esta confusión revela los límites de nuestras capacidades. Para nosotros, muñidos de los relatos de los evangelios y dos mil años de historia eclesiástica, la identidad de Jesús parece tan obvia y fácil de discernir que nos resulta difícil entender por qué no lo captaban estas personas. No obstante, a menudo experimentamos la misma confusión cuando aparece alguna figura diferente en nuestro medio evangélico.

Los debates acerca de la legitimidad de su ministerio arrecian por todos lados. «¿Será de Dios este ministerio?» nos preguntamos una y otra vez. El pasaje de hoy nos invita a no ser apresurados en nuestros juicios, precisamente por lo poco confiables que son nuestras percepciones.

Jesús llevó la pregunta a un plano mas personal: «¿Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Si él se lo preguntara a usted, ¿qué respuesta daría?

No debemos ser apresurados en nuestros juicios, precisamente por lo poco confiables que son nuestras percepciones.

Christopher Shaw.