Hombres de riesgo

Dante gebel.074

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez? Hazme un favor y vuelve a leer la pregunta. En alguna ocasión te ataste los cordones de los zapatos por primera vez. Diste tu primer beso. Te casaste. Hiciste el amor. Fuiste padre. Volaste. Sufriste la muerte de un ser muy querido. Lloraste. Me refiero a todas esas cosas que en algún momento realizaste por primera vez. La mayoría de las personas suelen hacerlas antes de los treinta años, y luego ya creen que lo han probado todo. Menos la vejez.

En cuanto a todo lo demás, ya estuvieron allí. Es entonces cuando dejan de hacer cosas nuevas, suponen que han hecho todo lo que un ser humano puede hacer durante una vida normal. Y en especial dejan de asumir nuevos riesgos. Ese es el peor enemigo que a diario debemos enfrentar: el temor a lo nuevo. Alguien dijo que un adulto debería renovarse por lo menos al cumplir cada década de su vida, ya que si al menos no lo intenta, terminará envuelto en una rutina tediosa, y lo que es todavía peor, quizás nunca alcance su verdadero destino.

Hay ocasiones en que recuerdo cuando tenía apenas veinticuatro años de edad y decidí rentar un estadio de fútbol para llenarlo con miles de jóvenes y desafiarlos con un mensaje de integridad. No tenía empleo fijo, no existía un respaldo oficial y contaba con cero presupuesto. Al mirar desde la distancia me pregunto: ¿Cómo fue que lo hice? ¿Por qué me animé a caminar sobre las aguas bajo la tormenta? Y la respuesta solo admite una razón: era demasiado joven como para racionalizarlo todo. Y fue justo esa inconciencia de la propia inmadurez la que resultó a mi favor.

Hoy, con unos cuantos años más, siento que tengo más que perder ante cada nuevo desafío, que hay otras cosas en juego: la familia, la reputación, la estructura, los compromisos, el dinero. De modo paradójico, todo lo que no tenía cuando asumía aquellos riesgos es lo que hoy me preocupa arriesgar al intentar algo nuevo.

Y es que la edad nos va haciendo más prejuiciosos y un tanto cobardes. En los últimos veinte años he rentado decenas de estadios gigantescos sin dinero, he convocado a miles de jóvenes en todo el mundo sin apoyo oficial, he asumido contratos millonarios con varias cadenas de televisión sin tener la más remota idea de cómo iba a pagarlos, y he aceptado retos que estaban por encima de mi capacidad. ¿Cuál es mi secreto? Consiste en que he tratado de seguir siendo un niño a la hora de creerle al Señor. Los asuntos del reino de Dios no pueden intelectualizarse como lo hacen los adultos, hay que afrontarlos como niños que no cuestionan y solo creen.

Cuando no tenemos nada y somos invisibles, nos animamos a cualquier cosa que tengamos por delante. Basta la orden del Maestro en medio de la tormenta para que nos bajemos del barco a caminar sobre aguas turbulentas. Sin embargo, cuando salimos del anonimato y creemos que somos alguien, le pedimos garantías antes de salir de la comodidad de la barca.

También a nosotros nos ha sucedido esto. Cuando teníamos veintitantos años, el único filtro que utilizábamos para aceptar una propuesta era: «¿Tal cosa servirá para inspirar a esta generación?» «¿Crees, Señor, que ayudaremos a edificar tu reino si hacemos esto?» Y si la respuesta era positiva, no había mucho más que cuestionar. Emprendíamos la tarea con o sin dinero, con o sin respaldo, arriesgándonos a todo o nada. En la actualidad somos más cautelosos, y a veces nosotros mismos nos sorprendemos de la cantidad de garantías que exigimos antes de emprender un nuevo proyecto.

Claro que no le llamamos a esto temor, le decimos prudencia. Tampoco le llamamos miedo a lo nuevo, preferimos decir: «Queremos confirmar que sea la perfecta voluntad de Dios». Disfrazamos por medio de la semántica el claro problema de que no queremos obedecer al Señor de forma ciega como cuando éramos niños, como cuando hacíamos aquellas cosas por primera vez.

Jamás debemos subestimar el poder de nuestras acciones. Un pequeño gesto puede transformar para bien o para mal la vida de otro.

Autor: Dante Gebel

 

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