El único que tuvo misericordia

El unico que tuvo micericordia

El camino a Jericó es empinado y peligroso. De hecho, tan peligroso era que las personas lo llamaban «el camino de la sangre». Jerusalén se encuentra a 3000 metros sobre el nivel del mar, mientras que Jericó, que está a tan solo veinticinco kilómetros de distancia, se encuentra a 1000 metros bajo el nivel del Mediterráneo. El camino entre las dos ciudades desciende bruscamente a través de un territorio montañoso repleto de riscos y cuevas que permiten que los ladrones se escondan, ataquen, y luego escapen con facilidad. Transitar por el camino que lleva a Jericó en aquella época, era similar a cruzar hoy por un callejón oscuro en la zona más peligrosa de una ciudad moderna, con la única diferencia de que, para llegar hasta el farol más cercano, había que recorrer muchos kilómetros.

En este «callejón oscuro» un hombre cayó víctima de la realidad frecuente: el crimen. «Un hombre judío bajaba de Jerusalén a Jericó y fue atacado por ladrones. Le quitaron la ropa, le pegaron y lo dejaron medio muerto al costado del camino» (v. 30).

Dos que siguieron de largo

Un sacerdote y un levita pasaron por allí de casualidad, pero pasaron lo más lejos posible del herido y siguieron de largo, sin querer involucrarse con las necesidades del hombre.

No deberíamos apresurarnos a juzgar a estos personajes, porque quizás descubramos que nos estaríamos condenando a nosotros mismos. Consideremos cómo reaccionaríamos si estuviéramos tomando un atajo por un callejón oscuro. Imaginemos que vemos a alguien tirado en el piso, quejándose. Esto quiere decir que es muy probable que una pandilla de matones está merodeando a la vuelta de la esquina. Seguramente nos parezca que la mejor decisión es escapar con rapidez hacia un lugar seguro y enviar a algún oficial para que se encargue de la pobre víctima. Entonces corremos.

Es probable que haya habido muchos otros motivos, entre ellos « religiosos», por los cuales el sacerdote y el levita evitaron comprometerse. La ley levítica estipulaba que cualquiera que tocara el cadáver de un ser humano resultaba «impuro» ceremonialmente (Nm 19.11–16). Es decir, que permanecía excluido de las ceremonias de adoración durante siete días. ¿Qué pasaría si este hombre ya estuviera muerto, o a punto de morir? Debe haber sido muy fácil para estos profesionales religiosos pensar: «Esto me alejará de mi posibilidad de escalar a una posición más importante».

Por eso siguieron de largo. En el proceso, también pasaron por alto una clara enseñanza de la Escritura: mostrar misericordia incluso a los extranjeros en necesidad (Lv 19.34). La ironía de este versículo es que los sacerdotes y los levitas eran los oficiales del pueblo de Dios encargados de ayudar a los necesitados. Los sacerdotes eran oficiales públicos de salud, aparte de sus otras obligaciones; los levitas les entregaban limosnas a los pobres. Este era un llamamiento sacerdotal, y, sin embargo, los dos prefirieron su agenda (repleta de ceremonias y otras obligaciones religiosas válidas) antes que su llamado. Con toda claridad menospreciaron el principio que afirma que la obediencia es mejor que el sacrificio (1Sa 15.22).

El único que tuvo misericordia

Finalmente, un samaritano pasó por allí: un enemigo declarado del judío que yacía desangrándose. El samaritano enfrentó el mismo peligro que había intimidado al sacerdote y al levita. Por otro lado, la tradición de su gente y experiencia lo habrían motivado a pisotear a la víctima, y no solo a pasarla de largo. Los samaritanos y los judíos eran entre sí los peores enemigos. (Cuando los judíos se enfurecieron contra Jesús, lo llamaron «¡samaritano endemoniado!» (Jn 8.48), porque no se les ocurría una ofensa mayor). Sin embargo, contrario a todo este trasfondo, el samaritano mostró «compasión» (v. 33). Esta compasión fue completa, lo llevó con él y le cubrió varias necesidades. Esta compasión combinó amistad y apoyo, tratamiento médico de emergencia, transporte, un subsidio financiero considerable, e incluso una visita de seguimiento.

La frase «ministerio de misericordia» proviene del versículo 37, en el que Jesús nos ordena que proporcionemos refugio, ayuda económica, atención médica y amistad a aquellos que carecen de todo eso. Aquí recibimos, nada más ni nada menos, que una orden de nuestro Señor: «ve y haz lo mismo». Nuestro paradigma es el samaritano, que arriesgó su seguridad, dejó a un lado sus quehaceres, y se manchó de sangre y polvo por comprometerse con un necesitado de otra raza y clase social. ¿Como cristianos seguimos estas instrucciones como un estilo de vida? ¿La obediencia de este mandato caracteriza a nuestra iglesia?

Llamado a la misericordia

La parábola del «Buen samaritano» es más que provocativa. Para empezar, resultó ser una trampa inversa. Un experto de la ley intentó atrapar a Jesús pues esperaba que con su respuesta desdeñaría la ley; pero el Señor le mostró que los líderes judíos eran los que en realidad no cumplían la ley. Nuestro Señor atacó la complacencia de las personas religiosas que, por preferir la comodidad, elaboraban excusas para no ayudar a los demás. Los aspectos con los que cuestionó al experto de la ley son igual de conmovedores para nosotros hoy, y su enseñanza provoca de golpe numerosas preguntas.

En primer lugar, nos obliga a abordar el tema de nuestra necesidad, como cristianos, de practicar la misericordia. No debemos pasar por alto que esta parábola responde a la pregunta: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Jesús le respondió al experto en la ley a través de la parábola del «Buen samaritano», que se ocupó de cubrir las necesidades físicas y económicas del hombre que se encontraba moribundo en el camino. Recordemos que igualmente un joven rico le planteó una interrogante similar a Jesús (Mr 10,17). En esa oportunidad, Jesús también concluye exhortándolo: «anda y vende todas tus posesiones y entrega el dinero a los pobres» (v. 21). En ambas instrucciones Jesús expone que la preocupación por los pobres es una característica esencial del cristiano.

¿Cómo puede ser?, En su exposición sobre el juicio final, observamos que Jesús determinará quiénes son las personas justas por cómo se condujeron con los hambrientos, desnudos, desamparados, enfermos y prisioneros (Mt 25.31). ¿Se refiere a que solamente los trabajadores sociales heredarán el Reino? ¿No somos salvos por la fe en Cristo? ¿Entonces, por qué parece que el ministerio de la misericordia es tan trascendente para juzgar quién es cristiano?

Los «límites» de nuestro llamado

En segundo lugar, observamos el alcance y la dimensión del ministerio de misericordia. Recordemos que el maestro de la ley no negó el requisito de ocuparse de los necesitados. En realidad nadie en este mundo lo haría. Sin embargo, preguntó: «¿Quién es mi prójimo? Podemos observar en su pregunta a un típico occidental: «Vamos, Señor, seamos razonables. Sabemos que debemos ayudar a los desafortunados, pero, ¿hasta dónde debemos llegar?»

«No estarás afirmando que deberíamos abrirnos ante cualquiera, ¿verdad? ¿La caridad no empieza en casa?»

«No querrás indicar que todo cristiano debe involucrarse profundamente con los necesitados y los que sufren, ¿verdad? No soy bueno en ese tipo de trabajo; no es mi don».

«Mi agenda está muy congestionada y mi iglesia evangélica me ha cargado de infinidad de actividades. ¿No es acaso este tipo de tareas algo que le corresponde al gobierno?»

«Apenas cuento con dinero para mí mismo».

«¿Muchos de los que viven en pobreza no han llegado a ella por irresponsables?»

Cuando Jesús habla de la actitud indiferente del sacerdote y del levita, desenmascara los muchos límites falsos que le ponen los líderes religiosos al mandamiento de «amar al prójimo». Con el proceder del samaritano, Jesús nos muestra que el prójimo, al que debemos prestarle ayuda, es cualquier persona en necesidad, incluso un enemigo. Cualquiera que comienza a leer esta parábola se empieza a sentir atrapado por su lógica. ¿Pero, acaso no es irreal? ¿Las necesidades del mundo pobre no exceden mi capacidad? ¿Realmente Jesús nos exige que asumamos una vida de pobreza voluntaria y nos mudemos con los oprimidos? ¿Estamos listos para no discriminar a los pobres que se merecen ser pobres de entre los que no?

Más que sentir lástima

Tercero, hablemos del motivo o la dinámica del ministerio de misericordia. Israel se regía por la ley de Dios, que claramente demandaba que las personas practicaran la misericordia con su prójimo, pero Jesús demostró que los maestros de la ley, la habían interpretado de tal manera que frustraba los propósitos de la misma. No es suficiente conocer las obligaciones de cada uno. El sacerdote y el levita poseían el conocimiento bíblico, los principios éticos, y la afinidad étnica con el hombre moribundo. Pero no era suficiente. El samaritano no contaba con nada de eso, pero le abundó la compasión. ¡Eso fue suficiente! ¿Cómo se logra que una iglesia practique la misericordia? No será suficiente manipular a los cristianos para que se sientan culpables de ser tan «ricos». ¿Entonces cómo procederá la iglesia para sanar las heridas profundas, cubrir las necesidades, y transformar a la sociedad que la rodea?

Durante décadas, los evangélicos hemos evitado la naturaleza radical de la enseñanza de la parábola del «Buen samaritano». Como máximo, la atesoramos para preparar una canasta navideña para los necesitados, o para darle dinero a las organizaciones de supervivencia cuando se desencadena algún desastre natural en alguna nación vecina o lejana. Pero ya es tiempo de que la entendamos de otra manera, porque el mundo, un lugar en el que nunca ha sido seguro vivir, cada vez se convierte en menos hospitalario. Por fin, comenzamos a preguntarnos por qué, de repente, miles de personas moribundas terminan en las calles de nuestras propias ciudades.

Vivir con los necesitados

Solo un escaso porcentaje de personas, a lo largo de la historia, han conseguido vivir en condiciones relativamente seguras. Guerras, injusticias, opresión, hambre, desastres naturales, crisis familiares, enfermedades, problemas psicológicos, discapacidades físicas, racismo, crimen, escasez de recursos, lucha de clases; estos «problemas sociales» han resultado de nuestra separación de Dios. Traen consigo gran miseria y violencia a la vida de la mayor parte de la humanidad. La mayoría de las personas que lean este artículo, seguramente pertenezcan al pequeño grupo de personas que, a causa de la bondad de Dios, gozan de una vida mayormente libre de estos embates.

Este consuelo relativo puede aislarnos hacia un mundo ficticio donde es difícil encontrar sufrimiento. Pero este aislamiento es frágil, ya que el sufrimiento nos rodea; ¡aún en las zonas de seguridad!

Necesitamos una visión atinada del mundo en que vivimos. Necesitamos ver cuán dura es la vida, en vez de vivir en islas de paz. Todos vivimos en el camino a Jericó.

Preguntas para estudiar el texto en grupo

1. Si el samaritano es nuestro paradigma, ¿cuáles son las características de su proceder que debemos imitar según Jesucristo?

2. Con la parábola del «Buen samaritano» ¿qué sacó a luz el Señor con respecto al carácter de los líderes religiosos de su época? ¿Qué expone de nosotros?

3. ¿Qué lugar le da Jesús al tema de la práctica de la misericordia en la vida de sus discíulos? Explique.

4. ¿Cuáles podrían ser algunos límites falsos que usted acostumbra levantar para no practicar la misericordia? Coméntelos con el grupo.

5. ¿Cómo se logra que una iglesia practique la misericordia?

por Tim Keller
Reflexiones sobre la parábola del Buen Samaritano, en Lucas 10

Se adaptó del libro Ministries of Mercy, P&R Publishing, 1989. Todos los derechos reservados.
Artículo Publicado en Apuntes Pastorales: “Apuntes Pastorales – Marzo 2012” – Marzo 2012