Crónicas de una muela – Ulises Oyarzún

 

Hola, soy una muela, un simple molar que vivo en medio de todos mis hermanos y hermanas, dientes de toda clase. Molares, incisivo, canino y pre-molares. Últimamente nuestra vida se ha visto envuelta en situaciones muy preocupantes.

Todo comenzó, cuando un día tuvimos una reunión administrativa y hablamos acerca de aquellos temas que nadie quiere tocar.

Nos dimos cuenta que entre nosotros hay dientes que siempre quieren aparecer al frente de la dirección de alguna actividad, pero no están dispuestos a servir sin que nadie les vea. Esos dientes “paletas” que desean afanosamente cargos para lucirse, aunque sirvan para la “pura foto”. Reconocemos que Dios los puso para estar al frente, pero su labor no es sólo promover una linda sonrisa para las cámaras, sino trabajar en equipo en su rol específico.

Otro que nos ha traído problemas es el colmillo, pues aunque es sincero, muchas veces es insensible para decir las cosas. Inca sus filosos comentarios hasta lo profundo, según él, la mejor manera de hacer cambiar a las personas es con unos buenos “palos”, pero lo único que provoca es temor, pues su liderazgo se funda en la prepotencia. Lamentablemente nadie de nosotros quiere acercarse a él, pues todos le tenemos miedo. Al parecer, no sabe lo que significa decir la VERDAD en AMOR.

Hace un poco de tiempo llegó a la congregación un nuevo hermano, él era un innovador y en un comienzo nos incomodó a muchos, sus formas de predicar, de liderar, de orar, eran muy diferentes, provocaba desajustes en cada lugar donde iba, si, en verdad era también muy crítico de las estructuras, sobretodo con la mandíbula de arriba que nunca se movía, pues guardaba con celo la “sana doctrina”, aunque en el fondo, mas que doctrina era puro tradicionalismo.

Lamentablemente estigmatizaron al pobre hermano como la “muela del “juicio” y se encargaron de sacarlo de la congregación lo más pronto posible pues ponía en peligro la estructura.

Otra hermana que nos ha provocado más de alguna situación incómoda, es la lengua, que por sus características tan particulares, puede compartir con todos y estar en todos los rincones, pero también ha perjudicado en parte la comunión con sus chismes, sus malas palabras, sus malos consejos, sus apresuradas conclusiones en relación a hermanos, sus prejuicios, su rapidez para hablar en vez de escuchar. El otro día tuvimos un golpe fuerte, recibimos un puñetazo. Lamentablemente los primeros en caer fueron algunas paletas y colmillos, pues más que fundados en la encía, que es la Palabra, estaban fundadas en el dinero que les daba su puesto o el prestigio.

Después nos dimos cuenta que muchos de nosotros estábamos infectados por las caries del pecado y el sarro de vivir una doble vida, cosas que salieron a la luz después de esta crisis.

Cuanto anhelo aquellos días en que éramos como niños y si caíamos, nos volvíamos a levantar, aquellos días en que éramos unos “dientes de leche”.

Cristo nos dijo que fuésemos como niños, pero es tan difícil tener una fe sencilla, cuando a veces vivir en esta congregación nos empuja a ser muy eficaces, administrativos, verdaderos gerentes, pero dejamos el evangelio que comienza con la alegría de vivir juntos , como verdaderos hermanos, experimentando una fe y amor que trascienda el culto y se expanda como un manto de alegría y esperanza para todos los días de la semana, compartiendo en las casas, juntándonos solo por juntarnos, para saber del otro, amándonos a pesar de las diferencias y perdonándonos cuando nos hemos fallado mutuamente.

Necesitamos la mano de nuestro dentista y Señor, para que nos limpie, nos restaure, nos tape el pecado con su gracia y nos de un aliento fresco.

Ven Señor!!! Abrimos las puertas de nuestra boca (Iglesia), reconocemos que hemos pecado, ven sánanos, límpianos y haz de nosotros un pueblo sin manchas, caries, sarros ni arruga.

Ulises Oyarzún

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